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Martes 7 de Septiembre de 2010
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Hay tanta actriz chupona y patalentosa que se pica por la ropa o por no sé qué...


Susana es una actriz indiscutiblemente sobreactuada. Egótica como pocas (o tantas). En dupla con Chabela, el personaje de Catalina Saavedra, es la causante de las más desatadas carcajadas que arranca “La vida me mata”, la ópera prima de Sebastián Silva, que se estrenó ayer.

Se trata de la segunda incursión de Claudia Celedón en cine (“El Chacotero sentimental”), la primera en que demuestra su talento en la comedia al público masivo.

Ella ha destapado toda su ironía y crítica ácida en Los Hermanos Martínez —con José Martínez, Cuti Aste y Ramón Llao—, con quienes se ganó la ovación del público el 2005 con “Antología”, la última de sus obras. Esa misma propuesta la presentaron a la TV, pero nadie hasta ahora la ha acogido.

“Cuando vi el guión dije: Por fin alguien me escribió algo que puedo hacer muy bien. Lo entendí muy bien”, explica ella.

La cinta aborda el tema de la vida y la muerte. “Me pareció una reflexión un poco infantil, pero él (S. Silva) es una persona mucho más joven que yo”, acota y sonríe. “Es un tipo bastante genial. Ojalá que lo reconozcan”.

La película incluye, después de los créditos, la “obra” de Susana. “Es una tipa que, en su desesperación por ser alguien, cree que es artista. Y este país está plagado de gente así, que cree que la única manera de que la amen y la adoren es haciendo estos cortometrajes pésimos; que cambia al actor y le da lo mismo la continuidad con tal de poder acostarse con el nuevo. Un personaje tan borderline me parecía muy interesante”.

—¿Quiénes fueron tus inspiraciones para Susana?

—Siempre que quiero inspiración la pido. Los personajes que acepto son aquellos para los que creo que mi cuerpo y mis capacidades van a ser los correctos. Uno no es más que un canal de expresión. La imaginé bien chula, aunque no teníamos mucho presupuesto; fuera de época, muy sola, agarrada de esta amiga que tampoco tiene idea de nada. No sabe quién es su camarógrafo ni su director, porque no tiene tiempo, ni pausa. Todo le da “demasiada pena” y le afecta mucho. Y es seca pa’l libro de autoayuda, porque ha leído que el artista es un tipo muy sensible.

—Parece una gran ironía a varias actrices chilenas.

—No pensé en eso. Es que las actrices chilenas son mucho más fomes que la Susana. Ella tiene mucho más sentido del humor. Tiene muchos matices. Es muy humana.

—Y esos berrinches…

—Es cierto, hay tanto que uno ya ha visto... Tanta actriz “chupona” y “patalentosa” que se pica por la ropa o por no sé qué. Como yo no tengo nada que ver con ese mundo me da mucha risa. Las pocas veces que he trabajado en TV veo esas pataletas, que “por qué ella” o “me voy”… Yo no sé de qué hablan, no entiendo. Me da risa. Y me llevo muy bien por eso mismo. Uno por ser tan distinta los mete en otro espacio. En la premiere, todas las cámaras las tenían los que salen en la tele. A mí, nadie me molestaba.

“Los actores de TV que hacen teatro, generalmente es para expiar culpas”

Claudia, en cierto modo, ha trabajado este perfil alternativo. “Es que no me sale de otra manera. Me gustan las cosas que provocan y que aportan algo a la gente”. Por eso dirige la Escuela de Teatro de Arcos, que le da una estabilidad económica y emocional. Por eso trabajará con Rodrigo Achondo —“porque se expone”— y estará en la película de Gabriela Mistral de Francisco Casas. “Es un guión maravilloso. Muestra sus relaciones humanas, muy intensa… Uno no puede dejar su sexualidad de lado. Si era o no era lesbiana para ella era muy importante. Yo creo que por eso se fue de Chile. Por supuesto que influye en su obra”, afirma, sumándose al debate.

El mundo académico le apasiona. “Si estoy en la tele o en las tablas tiene que ser en algo necesario, si no, para qué… ¡¿Para qué vamos a seguirle dando mierda a la masa?!”

El ego es difícil de controlar, sabe bien. “Pasa que me da pudor. Existe la artesanía y el arte. Siento que hay muchas cosas que se hacen por plata, que el ambiente es frívolo. Yo creo en el trabajo del actor, en las emociones. Por eso me junto más con plásticos que con gente del teatro o de la tele”.

—¿Qué crees que corrompe? ¿La televisión?

—Sí. Creo que los actores de TV que hacen teatro, generalmente, es para expiar culpas. Yo creo que quedarse pegado en las teleseries, diciendo esa cantidad de contenido que no tiene ninguna importancia y que no le aporta nada a este país más que “wena Naty”, me parece un acto irresponsable. Uno puede ir a la tele un poquitito y salirse. Por un objetivo. Yo digo: Ya, tengo que cambiar el techo de mi cabañita en la cordillera o tengo que pagar el colegio. Ahora, yo no juzgo a los que están ahí, pero me sorprende que hagan comedia y después en teatro unas intensidades que no puedo creer. Hay una cosa poco honesta que me atrae nada.

—No lo entiendes, pero tú también haces comedia con Los Hermanos Martínez...

—Pero yo hago comedia política y culta. La que se hace en tele es totalmente chabacana, porque siguen creyendo que el pueblo de Chile es tonto y guachaca. ¡Tratemos de subir el nivel! El proyecto que presentamos a la TV no lo pagan. No se arriesgan. Yo no necesito entrar a la tele y ya no estoy dispuesta a pagar el piso. Nos dijeron: Este trabajo es increíble, pero no podemos por nuestra línea editorial. Es súper fácil hacer humor con garabatos y hablar de sexo, pero cuando se trata de crítica social… Cuando un personaje es una mujer pobre que les pega a los niños, frustrada, sin trabajo y sin ni un peso, pero mostrado de manera muy jocosa, genera problemas. Hay matices que en la tele no existen y que la gente no puede ver. El humor que existe en televisión hoy es deplorable. No hay nada que me haga reír y que no encuentre tremendamente vulgar.

—¿Ustedes entran a remover en la herida país?

—¡Claro! Y “La vida me mata” también hace críticas culturales. Es una película sutil, refinada. Genera un espacio interesante. Es eso lo que me interesa. Yo no voy a hacer “Jappening con Ja”. Proponemos un humor no tan hermético y menos egótico que varios de esos programas. Este país no está preparado para ciertas cosas.

—Gustavo Meza decía que toda la vida fuiste así, “de crítica profunda y sesuda”. ¿Es así?

—Sí. Es que encuentro que las cosas se hacen tan frívolamente. Yo digo lo que siento, lo que pienso. Ahora más grande me quedo más callada. Cuando uno es profesora hay que cuidar lo que uno dice. En esta escuela nos preocupamos de que no haya una gota de crueldad.

—¿Criticabas a todos tus compañeros?

—Sí. Me crié en el Ictus, aprendí mucho. Pero principalmente tenía mucha rabia. De todo. Mi infancia fue bastante catastrófica. Rabia de la dictadura. Desde la injusticia, hasta ir de vacaciones a Zapallar, que era donde no quería estar.

—Una Mafaldita.

—Menos inteligente y profunda, pero sí. No puedo no ser el chivo expiatorio, si no, me siento poco honesta. A veces la gallá se siente. La Rivadeneira contaba que en Roma se sintió por primera vez en la vida normal. Acá, por la represión y por el cinismo, uno es totalmente sobreactuada. Por querer verbalizar eres una rabiosa y una loca.

—¡¿También sobreactúas en tu vida?!

—¡Por supuesto! Me sobreexpongo porque necesito que las cosas se digan. Es complejo.

Claudia vuelve a la naturaleza para rearmarse. Respira profundo y medita.

—¿Y cuáles son tus aspiraciones profesionales?

—En este momento estoy en una crisis total. Estoy totalmente decepcionada. Quiero hacer algo en marzo. Siento que lo que uno hace no se valora del todo. Estoy deprimida, así que me callo y me tomaré mi tiempo. Me aburrí de esperar, de no confiar. Me tengo que pegar un salto que no me he atrevido, en lo laboral y en mi vida personal. Siento algunas amarras sociales y familiares. Pero tengo que estar segura y en paz.n



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